STILL LIFE WITH BOOKS
Eduardo García Nieto

(English version below)

58.4 Still life
704.9435 Still life

En 1876 Melvin Dewey publica el “Sistema de clasificación decimal Dewey” (CDD), utilizado en más de 200.000 bibliotecas. Este modo de organización jerarquizada contiene un exhaustivo registro de cualquier posible entrada, pudiendo encontrar el mismo término en categorías distintas atendiendo a si dependen de un campo (758 Pintura) u otro (704.9 Iconografía / 704.94 Temas específicos).

Este sistema de organización, que ya cuenta con 23 ediciones, ha sido duramente criticado por su rigidez, su excesiva minuciosidad, la imposición de criterios de clasificación desde un colonialismo cultural estadounidense y por tratarse de una licencia privada bastante costosa.

No deja de ser significativo cómo muchas de estas críticas son extensibles a una crítica general de la cultura. La construcción cultural en un mundo administrado, en el que la autoridad y responsabilidad siempre puede ser relegada a un “otro” permite una situación de parálisis, una “vida suspendida” en la que se desdibuja nuestro papel como agentes. La terminología no deja de ser clara al respecto, o se presuponen actitudes estáticas (espectador, visitante,…) o roles inscritos en el actual sistema de organización económica (consumidor, productor…).

“Que podamos decir de igual modo que vivimos hoy en una era de la ilustración es algo que se ha convertido en muy problemático, en el más amplio sentido del término, a la vista de la indescriptible presión que se ejerce sobre las personas, simplemente ya por la organización del mundo o, en un sentido más amplio, por la dirección planificada de la entera esfera interior ejercida por la industria cultural. Si no se quiere utilizar la palabra "emancipación" en un sentido tan retórico y vacío como el del discurso contra la emancipación y a favor de los vínculos de todas esas eminencias, hay que ver ante todo realmente las indescriptibles dificultades a las que en esta organización del mundo ha de enfrentarse la emancipación. Y creo que deberíamos decir algo sobre esto.”
Theodor W. ADORNO, Educación para la emancipación, 1970




002 The book

Otro de los emblemas que identificamos con la cultura es el libro. La clasificación Dewey, pensada para organizarlos, le dedica uno de sus epígrafes completo, una especie de “ontología editorial” para este artefacto que algunas personas incluyen ya dentro de una arqueología del conocimiento. Aún así el libro, el objeto, su impresión, sus caracteres, el tacto de sus hojas, esta muy presente en nuestra cotidianidad. Esto puede deberse a que los atesoráramos con una mezquindad bibliófila o porque, pese a no poseerlo, conforman nuestro imaginario. El papel, el libro, el volumen, el archivo, la biblioteca…

Más allá de debates que señalan la desaparición de la era Gutenberg en aras de una disolución del soporte, el libro, y lo que puede llegar a representar, sigue presente en nuestras vidas. La pregunta que podríamos hacernos es qué relación establecemos con este “objeto”, es una plasmación directa de la disciplina, una huella indirecta de nuestro consumo o un latido de nuestro deseo. Sea cual sea esta relación, el libro, el objeto, es también un cuerpo, un sujeto. Nuestra corporeidad se modifica en su presencia, el acto de leer implica una trasformación de nuestro estado y, para algunas personas como la protagonista de Felicidad Clandestina de Clarice Lispector, el libro es un amante.

En la quietud de nuestros días, en su afasia cotidiana, el libro permite generar otros diálogos que compartir. De ahí su carácter peligroso, porque el deseo es punible, pero también el habla, que puede comunicar el descontento. Tal vez por eso sabemos a que temperatura arde el papel, porque las bibliotecas, los archivos, los libros, son los primeros en desaparecer, son los objetivos primordiales del poder represor.

Aún así hay formas más silentes de incendiar libros, se pueden domesticar las bibliotecas.

(“El adverbio era ya una zancadilla, porque más de una vez me había ocurrido comprar libros con la certidumbre tácita de que se perderían para siempre en la biblioteca, y sin embargo los había comprado; el enigma estaba en comprarlos, en la razón que podía exigir esa posesión inútil.)”
Julio CORTAZAR, 62 /Modelo para armar, 1968

 

 

641 Food & drink
642 Meals & table service
664 Food technology

No es la primera vez en la que Greta Alfaro (Pamplona 1977) trabaja con comida o, más bien, con las claves antropológicas y culturales que implica el acto de comer o el uso de determinados alimentos. Comer no sólo atiende a dar una respuesta a nuestras necesidades fisiológicas, este acto está preñado de significados, de códigos y simbologías.

En la película El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante de Peter Greenaway los platos más costosos eran los elaborados a partir de alimentos negros, estableciendo un valor económico en base a una escala cromática cargada de iconografía. Esta misma película establecía un vínculo entre la comida y los libros, que servían de alimento a uno de los protagonistas. La dependencia entre estos tipos de “alimentos” no es novedosa, pero no es tan habitual visibilizar este tipo de voracidad.

En esta obra Greta utiliza la comida, el caramelo, para generarnos un extrañamiento, un placer inutiliza otro, impidiéndonos reaccionar mientras nos deleitamos con la cultura del entretenimiento. La superficie del libro, la cubierta que pretende atraer a la lectura, se sobrecarga con una nueva capa, azúcar cristalizado, una golosina que puede “atraparnos” o enmascarar otros sabores, propiciando el conflicto de cómo debemos interactuar con este obstáculo. Hay muros casi invisibles que parece que no deben ser traspasados.

“Los juicios estéticos son, asimismo, involuntarios: no podemos elegir que una obra de arte nos guste o no más de lo que podemos elegir que el azúcar nos sepa dulce o el limón ácido”.
Joseph Kosuth, 1970


752 Color
535.6 Color

Hemos naturalizado gestos y conocimientos como si fuesen ineluctables. Una de estas construcciones culturales son los códigos que asignamos al color. Still Life with Books (2014) es una obra cuya paleta cromática se basa en el rojo. No es la primera vez que se identifica comida y color, ya hemos mencionado a Greenaway, pero también a Sophie Calle y su obra elaborada a partir de un texto de Paul Auster, pero qué ocurre cuando esta identificación se establece a partir de este tono.

Si tuviésemos que enumerar lo que nos sugiere el color rojo encontraríamos conceptos tan diversos como alerta, comunismo, pasión, peligro, sangre, violencia… La relación entre estos términos lejos de ser antitética es complementaria. Lo mismo que la capa de caramelo que trasforma estos volúmenes en libros rojos.

Los estratos siguen superponiéndose, la artista interpela a nuestros cuerpos – cuerpos culturales, lectores, domesticados, entumecidos,.. – obligándonos a la deleitación con la superficie o a la violencia para aproximarnos al interior. Con qué deleitación nos satisfaremos para calmar el ansia de nuestras pasiones.

 

“Vosotros, que surgiréis del marasmo

en el que nosotros nos hemos hundido,

cuando habléis de nuestras debilidades,

pensad también en los tiempos sombríos

de los que os habéis escapado.”
Bertolt Brecht, A los hombres futuros, 1938

STILL LIFE WITH BOOKS
Eduardo García Nieto


750.4 Still life
704.9435 Still life

In 1876, Melvin Dewey published the Dewey Decimal Classification System (DDC), currently used in over 200,000 libraries. This method of hierarchical organisation contains an exhaustive record of every possible entry and the same term can be found in different categories based on whether it belongs to one field (750 Painting) or another (704.9 Iconography / 704.94 Specific topics).

This system of organisation, which is now in its 23rd edition, has been harshly criticised for its rigidity, excessive minute detail, imposition of classification criteria based on American cultural colonialism and the fact that its private license is quite expensive.

It is not without significance just how many of these criticisms can also be extended to a general critique of culture. Cultural construction in a managed world, in which authority and responsibility can always be relegated to an “other”, leads to a state of paralysis, a “suspended life” in which our role as agents is blurred. Terminology continues to be vague regarding this: it either presupposes static attitudes (spectator, visitor...) or roles that are inscribed in the current system of economic organisation (consumer, producer...).

Whether we can today similarly say that we are living in the age of enlightenment has – in view of the inconceivable pressure which is exerted on humanity – become very questionable, by virtue of the objective character of society and also because of the planned control of even the sphere of inner nature by the culture industry. If we are not to use the word “autonomy” as an empty slogan – just as the conservative mentality shallowly counterposes autonomy to obligation – then we must recognise the indescribable difficulties confronting autonomy today, and I believe we must speak to this point.
Theodor W. Adorno, Education for Autonomy, 1970

002 The book

Another emblem that we identify with culture is the book. The Dewey Classification System, designed to order them, devotes an entire division to it, a type of “editorial ontology” for this artefact, which some people have already included in an archeaology of knowledge. Yet the book, as object, its printing, its characters, the feel of its pages, is very present in our daily lives. This may be because we accumulate them with bibliophilic meanness or because, despite not having any, they are a part of our imaginary. Paper, book, volume, archive, library...

Regardless of the debates indicating the disappearance of the Gutenberg era in the interests of a dissolution of the medium, the book, and what it can come to represent, continues to be present in our lives. The question we might ask ourselves is what relationship do we establish with this “object”, is it a direct embodiment of the discipline, an indirect trace of our consumption or a heartbeat of our desire? Whatever the relationship, the book, as object, is also a body, a subject. Our corporality is modified in its presence, the act of reading involves a transformation of our state and for some people, such as the the protagonist of Covert Joy by Clarice Lispector, the book is a lover.

In the stillness of our days, in its daily aphasia, the book can generate other dialogues to share. Hence its dangerous nature, because desire is punishable, but also speech, which can communicate discontent. Maybe that is why we know at what temperature paper burns, why libraries, archives, books are the first to disappear, these are the primary objectives of repressive power.

And yet there are more silent ways to burn books, libraries can be domesticated.

The adverb was already a trick, because more than once it had occurred to me to buy books with the tacit certainty that they would be lost forever in the bookcase, and yet I bought them; the enigma was in buying them, in the motive that possibly demanded that useless possession.
Julio Cortazar, 62: A Model Kit, 1968

641 Food & drink
642 Meals & table service
664 Food technology

It is not the first time that Greta Alfaro (Pamplona, 1977) has worked with food or, rather, with the anthropological and cultural cues implied by the act of eating or the use of certain foods. Eating not only serves to satisfy our physiological needs, the act is also loaded with meanings, codes and symbols.

In the film The Cook, the Thief, His Wife & Her Lover by Peter Greenaway, the most expensive dishes were those made from black food, thus establishing an economic value based on an iconography-laden colour scale. The film established a link between food and books, which served to nourish one of the protagonists. Dependence between these types of “foods” is not new, but visualising this type of voracity is not as common.

In this work, Greta uses food, the sweet, to generate estrangement in us, one pleasure overriding another, preventing our reaction as we delight in the culture of entertainment. The book’s surface, the cover aiming to atrract the reader, is overloaded with a new layer, crystallised sugar, a treat that can “trap us” or mask other flavours, leading to the conflict of how we should interact with this obstacle. There are almost invisible walls that seem they must not be traversed.

Aesthetic judgements are also involuntary: you can no more choose whether or not to like a work of art than you can choose to have sugar taste sweet or lemons sour.
Joseph Kosuth, 1970


752 Colour
535.6 Colour

We have naturalised gestures and knowledge as if they were inevitable. One of these cultural constructs are the codes we assign to colour. Still Life with Books (2014) is a work whose colour palette is based on red. It is not the first time that food and colour have been identified, we have already mentioned Greenaway, but there is also Sophie Calle and her work made from a text by Paul Auster, but what happens when this identification is established from this tone?

If we were to list what the colour red suggests to us, we would find such diverse concepts as alert, communism, passion, danger, blood, violence... Far from being antithetical, the relationship between these terms is complementary. The same goes for the candy coating that transforms these volumes into red books.

The strata continue to be superimposed, the artist challenges our bodies –cultural bodies, readers, domesticated, numb... – forcing us to be self-absorbed with the surface, or to violence in order to approach the interior. With what delectation will we be satisfied to calm the yearning of our passions?

You, who shall resurface following the flood
In which we have perished,
Contemplate –
When you speak of our weaknesses,
Also the dark time
That you have escaped.
Bertolt Brecht, To Those Who Follow in Our Wake, 1938